La taberna
La taberna Pero jugar al volante no era más que un pretexto para escaparse. Repentinamente, la casa se quedaba sumergida en un gran silencio. Ellas acababan de escurrirse a la calle y se dirigían a las rondas. Las seis, cogidas del brazo, ocupando todo lo ancho de la calzada, se paseaban con sus vestidos claros y sus cintas anudadas alrededor de sus cabelleras. Con sus ojillos vivarachos miraban furtivamente por el rabillo del ojo, lo veían todo y, echando la cabeza hacia atrás al reír, mostraban sus rollizas barbillas. Cuando se cruzaban con un jorobado o con una vieja que esperaba a su perro rezagado en un guardacantón, estallaban en alegres risotadas y se les desbarataba la línea, quedándose unas atrás y tirando las otras de ellas con todas sus fuerzas; y meneaban las caderas, se apelotonaban y se soltaban, todo ello para chocar con la gente y hacer crujir los corpiños con sus nacientes formas. La calle era suya; en ella se habían criado recogiéndose las faldas a lo largo de las tiendas; todavía se las levantaban hasta los muslos para atarse las ligas. En medio de la multitud lenta y descolorida, entre los desmirriados árboles de los bulevares, corrían a la desbandada desde la barrera Rochechouart hasta la barrera Saint-Denis, empujando a todo el mundo, esquivando en zigzag a los que paseaban en grupo, volviéndose y soltando tacos sin parar de reír. El revuelo de sus vestidos dejaba detrás de ellas la insolencia de su juventud; se exhibían al aire libre, bajo la radiante luz del sol, con la licenciosa ordinariez propia de pilletes, apetitosas y tiernas como vírgenes que salen del baño con la nuca humedecida.