La taberna
La taberna Naná iba en el centro con su vestido rosa que brillaba al sol. Daba el brazo a Pauline, cuyo vestido de flores amarillas sobre fondo blanco resplandecía también, salpicado de pequeñas llamas. Y como eran las más macizas, las más mujeres y las más descaradas, dirigían la pandilla y se pavoneaban cuando las miraban y les echaban requiebros. Las demás, más niñas, las seguían en fila a derecha e izquierda, intentando sacar el pecho para que las tomaran en serio. Naná y Pauline albergaban en su interior planes muy complicados para astucias coquetas. Si corrían hasta perder el aliento era para mostrar sus medias blancas y hacer ondear las cintas de sus cabellos. Después, cuando se paraban, fingiendo estar sofocadas, con la cabeza echada para atrás y resollando, podía uno buscar, seguro que había por allí algún conocido suyo, algún chico del barrio; y entonces andaban pausadamente, cuchicheando y riendo, mirando a hurtadillas. Salían en busca sobre todo de un encuentro casual en medio del ajetreo de la calzada. Grandes muchachotes endomingados, con chaqueta y sombrero, se paraban a charlar con ellas un momento junto al albañal, les gastaban cuchufletas e intentaban pellizcarlas en las nalgas. Obreros de veinte años, despechugados en sus blusas grises, hablaban tranquilamente con ellas, cruzándose de brazos y soplándoles el humo de sus cortas pipas a la cara. Esto no tenía mayores consecuencias, pues aquellos chicos se habían criado en la calle al mismo tiempo que ellas. Pero, entre ellos, tenían ya sus preferencias. Pauline siempre se encontraba con uno de los hijos de la señora Gaudron, un carpintero de diecisiete años que le regalaba manzanas. A Naná se le iban los ojos detrás de Víctor Fauconnier, el hijo de la lavandera, con quien se besaba por los rincones oscuros. Pero no iban más lejos; eran demasiado viciosas para hacer una tontería sin saber las consecuencias. Sin embargo, cuando hablaban no se mordían la lengua.