La taberna
La taberna Luego, cuando se ponía el sol, esas bribonas se daban el gusto de pararse delante de los malabaristas. Había escamoteadores y hombres hercúleos que extendían sobre el suelo de la avenida una alfombra raída por el uso. Los curiosos se agolpaban, se formaba un círculo, y el saltimbanqui, en el centro, enseñaba sus músculos bajo unas mallas deslucidas. Naná y Pauline permanecían de pie durante horas en lo más apiñado de la concurrencia. Sus bellos y frescos vestidos eran aplastados por los gabanes y las blusas sucias. Sus brazos desnudos, sus cuellos desnudos y sus cabezas descubiertas estaban expuestos al pestilente aliento, al olor a vino y a sudor. Y ellas se reían, divertidas, sin sentir el menor asco, más sonrosadas que nunca, como si estuvieran en su medio natural. A su alrededor se oían palabrotas, las más groseras obscenidades, comentarios de borrachos. Aquél era su lenguaje, se lo sabían todo, se volvían con una sonrisa, con tranquila impudicia, conservando la delicada palidez de su piel de satén.
Lo único que las contrariaba era encontrarse con sus padres, sobre todo cuando estaban bebidos. Siempre estaban alerta y se avisaban mutuamente.
—¡Mira, Naná! —gritaba de pronto Pauline—, ¡ahí viene tu padre!