La taberna
La taberna Cuando el cinquero encendió el cigarrillo, apoyó los codos en la mesa y, avanzando la cabeza, se quedó mirando en silencio a la joven, cuyo lindo rostro de rubia tenía aquel día una transparencia lechosa de porcelana fina. Luego, aludiendo a algo que sólo ellos dos conocían y que ya habían discutido antes, le preguntó simplemente, bajando la voz:
—¿De modo que no?, ¿dice no?
—¡Oh! desde luego que no, señor Coupeau —respondió Gervaise, sonriendo tranquilamente—. No irá usted a hablarme de eso aquí. Usted me había prometido ser razonable… De haberlo sabido, no le hubiera aceptado la consumición.
No le volvió a hablar; continuó mirándola, muy de cerca, con una ternura osada y que se ofrecía, apasionado sobre todo por las comisuras de los labios de ella, pequeñas comisuras de color rosa pálido, un poco humedecidas, que dejaban ver el rojo vivo de su boca cuando sonreía. A pesar de ello Gervaise no se movía, permanecía tranquila y afectuosa. Rompiendo el silencio, dijo todavía:
—No piense más en ello, de veras. Yo soy una mujer vieja; tengo un hijo de ocho años… ¿Qué haríamos juntos?
—¡Diantre! —murmuró Coupeau, guiñando el ojo—. ¡Lo que hacen los demás!
Pero ella hizo un gesto de fastidio.