La taberna
La taberna A aquella hora del almuerzo, L’Assommoir se quedaba vacío. Un hombretón de cuarenta años, el tío Colombe, con un chaleco de mangas, servía a una niña de unos doce años que le había pedido veinte céntimos de aguardiente en una taza. Un rayo de sol entraba por la puerta y caldeaba el piso permanentemente húmedo por los salivazos de los fumadores. Y el mostrador, los barriles, todo el local, despedía un olor a licores, un vaho de alcohol, que parecía volver espeso y ebrio el polvo que flotaba al sol.
Coupeau liaba otro cigarrillo. Estaba muy aseado, con una blusa corta y una gorra de lino azul, sonriente, enseñando sus dientes blancos. Tenía la mandíbula inferior algo saliente, la nariz un poco aplastada, hermosos ojos castaños, la cara de un perro alegre y manso. Su abundante cabellera rizada se le mantenía encrespada. Su piel conservaba todavía la tersura propia de sus veintiséis años. Frente a él, Gervaise, con una chambra negra y la cabeza descubierta, acababa de comerse la ciruela que sostenía por el rabillo con la punta de los dedos. Estaban sentados al lado de la calle, en la primera de las cuatro mesas colocadas a lo largo de los toneles, delante del mostrador.