La taberna

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Al llegar las primeras heladas, Naná se volvió a escapar, pretextando que iba a ver si la frutera tenía peras en conserva. Veía venir el invierno y no quería helarse delante de la estufa apagada. Los Coupeau se limitaron a llamarla marraja, pues todavía esperaban las peras. Seguro que volvería; el invierno anterior había tardado tres semanas en traer diez céntimos de tabaco. Pero pasaron los meses y la pequeña no aparecía. Esta vez debió irse a galope tendido. En junio, a pesar del sol, tampoco volvió. Decididamente había roto con ellos, habría encontrado pan blanco en otra parte. Los Coupeau, un día de apuro, vendieron la cama de hierro de la niña por seis francos que se bebieron en Saint-Ouen. Aquella cama ocupaba demasiado sitio.

Una mañana de julio, Virginie llamó a Gervaise, que pasaba por allí, y le pidió que le ayudase a fregar los platos, porque Lantier había traído a cenar el día antes a dos amigos. Y mientras Gervaise lavaba los platos, unos platos muy sucios por el festín del sombrerero, éste, que estaba en la tienda haciendo todavía la digestión, gritó de pronto:

—¿Sabe usted, señora? El otro día vi a Naná.



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