La taberna

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Virginie que, sentada tras el mostrador, miraba con preocupación vaciarse los frascos y los cajones, levantó airadamente la cabeza. Se retuvo para no dar rienda suelta a su cólera; empezaba a pensar que había gato encerrado. Lantier veía demasiado a menudo a Naná. ¡Ella no pondría la mano en el fuego, pues era un hombre capaz de todo cuando se le metía entre ceja y ceja una mujer! La señora Lerat, que desde algún tiempo intimaba mucho con Virginie, la cual le hacía confidencias, entró en ese preciso momento y preguntó con mordacidad:

—¿En qué sentido la ha visto usted?

—¡Oh! en el buen sentido —respondió el sombrerero, muy halagado, risueño y retorciéndose los bigotes—. Iba ella en coche, y yo a pie… ¡De veras, se lo juro! ¡Y no le debe de ir muy mal cuando los hijos de papá con los que se codea parecen muy contentos!

Se le encendió la mirada y se volvió hacia Gervaise que estaba de pie, al fondo de la tienda, secando un plato.




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