La taberna

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—¡Sí, iba en coche y muy elegantemente vestida!… Yo no la habría reconocido, de tanto que se parecía a una señora de la alta sociedad, con sus dientecillos blancos en su palmito más fresco que una flor. Fue ella quien me saludó con el guante… Está con un vizconde, creo. ¡No le falta nada! ¡Ya puede olvidarse de todos nosotros, a la muy pilla le sonríe la fortuna!… ¡Qué gatita más linda, no pueden imaginarse ustedes lo linda que está!

Gervaise seguía secando el plato, aunque hacía rato que estaba seco y reluciente. Virginie pensaba, inquieta, en los dos pagarés que vencían al día siguiente y no sabía cómo iba a pagar; mientras, Lantier, rollizo y satisfecho, sudando el azúcar de que se alimentaba, llenaba con su entusiasmo por las lindas caritas la confitería, de la que ya había devorado las tres cuartas partes y que empezaba a oler a ruina. Sí, no le quedaban más que unas cuantas almendras garrapiñadas y unos pocos pirulís que chupar para acabar por completo con la tienda de los Poisson. De repente avistó, en la acera de enfrente, al guardia municipal que estaba de servicio y pasaba abotonado y con la espada golpeándole el muslo. Y se alegró aún más. Obligó a Virginie a que mirara a su marido.



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