La taberna
La taberna —¡Vaya! —murmuró—, ¡qué carita pone Badingue esta mañana!… ¡Cuidado! aprieta demasiado las nalgas, se habrá metido un ojo artificial en alguna parte para pillar a su gente.
Cuando Gervaise subió a casa, encontró a Coupeau sentado en el borde de la cama, sumido en el alelamiento de una de sus crisis. DirigÃa al suelo su mirada inexpresiva. Ella se sentó en una silla, molida de cansancio, y apoyó las manos en su sucia falda. Se quedó un cuarto de hora frente a él, sin decir palabra.
—Tengo noticias —murmuró al fin—. Han visto a tu hija… Tu hija va muy elegante y ya no te necesita. ¡Ella sà que es feliz!… ¡Ay, Dios, lo que darÃa por estar en su lugar!
Coupeau seguÃa mirando al suelo. Luego, levantó su devastada cara, se rió como un idiota y balbució:
—Yo no te retengo, querida… TodavÃa estás de buen ver cuando te lavas la cara. Ya sabes lo que dice la gente, nunca falta un roto para un descosido… ¡Demonios, a ver si asà nos chupamos una buena breva!