La taberna
La taberna Gervaise llamaba a aquello jergón; pero en realidad no era más que un montón de paja. Poco a poco, la cama fue a parar a los revendedores del barrio. Primero, en unos días de aprieto, descosió el colchón y empezó a sacar puñados de lana que se llevaba de la casa a escondidas en el delantal y los vendía por cincuenta céntimos la libra en la calle Belhomme. Después de dejar vacío el colchón, vendió una mañana la tela por un franco y diez céntimos, con lo que compró café. Siguieron las almohadas y luego el cabezal. Quedaba la madera de la cama, que no podía llevarse bajo el brazo, porque los Boche habrían alborotado el cotarro si hubieran visto desaparecer la garantía del propietario. Pero una noche en que los Boche estaban de comilona, la emprendió con la cama, ayudada por Coupeau, y fue sacando tranquilamente, pieza por pieza, los largueros, la cabecera y el bastidor. Los diez francos que sacaron de esta venta volaron en tres días de francachela. ¿Acaso no les bastaba y sobraba con el jergón? Pero también su tela fue a parar donde la del colchón de lana; se dieron un atracón de pan después de una gazuza de veinticuatro horas, y acabaron así de comerse la cama. Amontonaban la paja con la escoba, removían el polvillo de la paja, y no les resultaba más sucio que cualquier otra cama.