La taberna
La taberna Sobre el montón de paja, Gervaise, vestida, estaba acurrucada, con las piernas encogidas bajo su andrajosa falda para entrar en calor. Apelotonada y con los ojos muy abiertos, ese día le asaltaban pensamientos sombríos. ¡Ay, maldita sea!, ¿cómo iban a seguir viviendo sin comer? Ya no sentía el hambre; sólo notaba un fuerte peso en el estómago y le parecía tener la cabeza vacía. ¡Pocos motivos de alegría podía encontrar entre aquellas cuatro paredes! Una pocilga en la que ni los perros de la calle aguantarían. Sus pálidos ojos miraban las desnudas paredes. Hacía tiempo que el Monte de Piedad se lo había llevado todo. Les quedaba sólo la cómoda, la mesa y su silla; el mármol y los cajones de la cómoda habían desaparecido de la misma manera que la madera de la cama. Un incendio no habría acabado mejor con todo; los objetos de adorno se habían fundido, desde el reloj de doce francos hasta las fotografías de la familia, cuyos marcos le había comprado una prendera muy amable a quien llevó también una cacerola, una plancha y una peineta, y que le daba veinticinco, quince, diez céntimos, según el objeto, lo cual era suficiente para comprarse un poco de pan. No les quedaba más que unas viejas espabiladeras rotas, por las que la prendera se negaba a darle ni un solo céntimo. ¡Oh, si hubiera sabido a quién vender la basura, el polvo y la suciedad, habría abierto tienda inmediatamente, pues la habitación parecía un gallinero! Veía por todas partes telarañas, que son buenas para las cortaduras, pero todavía no hay comerciante que las compre. Perdida la esperanza de hacer algún cambalache, volvía la cabeza, se encogía aún más sobre la paja y prefería mirar por la ventana el cielo cargado de nieve, los tristes días que le helaban hasta la médula de los huesos.