La taberna
La taberna La besó en la frente, sobre un mechón de su cano pelo. No había besado a nadie desde la muerte de su madre. Sólo le quedaba en la vida su buena amiga Gervaise. Después de haberla besado con tanto respeto, se apartó andando hacia atrás hasta caer de través en la cama, con la garganta henchida de sollozos. Y Gervaise no pudo continuar allí más tiempo; amándose, era demasiado triste y demasiado penoso volver a encontrarse en aquellas condiciones. Y le gritó:
—Le amo, señor Goujet, yo también le amo mucho… Pero no es posible, lo comprendo… Adiós, adiós, porque nos sentiríamos avergonzados.