La taberna

La taberna

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Y atravesó corriendo la habitación de la señora Goujet, y se encontró de nuevo en la calle. Cuando volvió en sí, acababa de llamar a la puerta en la calle de la Goutte-d’Or, y Boche se la había abierto. La casa estaba a oscuras. Era como entrar en su duelo. A esas horas de la noche, el portal, vacío y desportillado, parecía unas fauces abiertas. ¡Y pensar que antaño había aspirado a vivir en un rincón de aquel ruinoso caserón! ¡Muy sorda debió haber estado para, en aquel entonces, no haber oído la maldita sinfonía de la desesperación que resonaba detrás de las paredes! Desde el día en que metió los pies allí había empezado su hundimiento. Sí, sería que traía mala suerte estar todos apiñados en aquellas condenadas casas de obreros; unos a otros se contagiaban allí el cólera de la miseria. Aquella noche todos parecían estar muertos. Sólo se podían escuchar los ronquidos de los Boche, a la derecha, mientras Lantier y Virginie, a la izquierda, ronroneaban como gatos que no duermen pero están calentitos y cierran los ojos. En el patio creyó encontrarse en medio de un cementerio; la nieve formaba en el suelo un blanquecino cuadrado; las altas fachadas, de un lívido gris, sin una luz, igual que paredones abandonados, se erguían; y ni un suspiro, la sepultura de todo un pueblo envarado por el frío y por el hambre. Tuvo que saltar por encima de un arroyuelo negro, un charco que había vertido la tintorería y que humeaba todavía; se abría un lecho cenagoso en la blancura de la nieve. Era un agua del color de sus pensamientos. ¡Habían terminado de correr las hermosas aguas de azul claro y rosa suave!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker