La taberna
La taberna Luego, subiendo los seis pisos a oscuras, no pudo menos de reírse; una risa amarga que le hacía daño. Se acordaba de su viejo ideal: trabajar en paz, tener siempre pan que llevarse a la boca, tener un agujero un poco digno donde dormir, educar a sus hijos, que no le pegaran y morir en su cama. ¡Tenía gracia, todo le había salido a pedir de boca! Ya no trabajaba, ya no comía, dormía sobre las barreduras, su hija andaba de picos pardos y su marido le medía las espaldas. No le faltaba más que morir en la calle, y ocurriría en seguida, si tenía el valor de tirarse por la ventana tan pronto llegase a casa. ¡Ni que hubiera pedido al cielo treinta mil francos de renta, y miramientos! ¡En esta vida, por muy modesto que se sea, ya puede uno esperar sentado! ¡Ni comida ni nicho para no pocos como ella! Lo que le hacía reír con más amargura era el recuerdo de su esperanza de retirarse al campo después de haber estado veinte años planchando. ¡Pues bien, al campo iba! Quería su rinconcito verde en el Père-Lachaise.