La taberna

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Cuando llegó al pasillo estaba como loca. Su pobre cabeza le daba vueltas. En el fondo, lo que más le dolía era haberse despedido para siempre del herrero. Todo había terminado entre los dos, y no volverían a verse nunca. Y, por añadidura, acudían a ella los recuerdos de todas sus desgracias, y se sentía completamente abrumada. Al pasar por delante de la puerta de los Bijard, se asomó y vio a Lalie muerta; parecía contenta de estar acostada, dispuesta a dormitar para siempre. ¡Ah, los niños tenían más suerte que los mayores! Y como por la puerta del tío Bazouge se colaba una franja de luz, entró sin pensárselo dos veces en su cuarto, impulsada por una furiosa ansia de tomar el mismo camino que la pequeña.

El viejo borrachín del tío Bazouge había vuelto aquella noche en un estado de completa embriaguez. Había cogido una curda tal que estaba en el suelo roncando a pesar del frío; y aquello no le impedía que soñara algo gracioso, pues se sonreía mientras dormía. La vela, que seguía encendida, iluminaba su ropa, su sombrero negro abollado, tirado en un rincón, y su negra capa que se había echado sobre las rodillas, haciendo de manta.

Gervaise, al verle, empezó a lamentarse tan fuertemente que le despertó.

—¡Demonios, cierre la puerta, que entra frío!… ¡Ah!, ¿es usted?… ¿Qué pasa?, ¿qué quiere?


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