La taberna
La taberna Gervaise, extendiendo los brazos, sin saber bien lo que decĂa, le suplicĂł con vehemencia.
—Oh, llĂ©veme, estoy harta, quiero irme… No me guarde rencor. ¡Yo no sabĂa, Dios mĂo! Hasta que no se está lista, no se sabe nunca… ¡Oh, sĂ, llega el dĂa en que se tiene ganas de acabar!… ¡LlĂ©veme, llĂ©veme, le darĂ© las gracias!
Y se arrodillĂł, agitada por un deseo que le hacĂa palidecer. Nunca se habĂa puesto asĂ a los pies de un hombre. La cara coloradota del tĂo Bazouge, con su boca torcida y su piel enmugrecida por el polvo de los entierros, le parecĂa hermosa y resplandeciente como un sol. Sin embargo, el viejo, medio despierto, creĂa que estaban gastándole una broma pesada.
—¡Oiga! —murmuró—, ¡no me tome usted el pelo!
—¡Lléveme! —repitió con más ardor Gervaise—. Se acuerda usted de una noche en que llamé al tabique; después dije que no era verdad, porque era demasiado tonta… Pero, ahora, ¡déme la mano que ya he perdido el miedo! Lléveme a dormir y verá si me muevo… ¡Oh!, ¡es lo único que deseo!, ¡oh, le estaré tan agradecida!
Bazouge, siempre galante, pensĂł que no debĂa contrariar a una señora que parecĂa estar encaprichada con Ă©l. Estaba bastante estropeada, pero, de todos modos, le quedaba algo, sobre todo cuando se acaloraba.