La taberna

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Pero el lunes, como Gervaise tenía pensado cenar bien, unas judías que habían sobrado y una botella, salió con el pretexto de que un paseo le abriría el apetito. La carta del asilo, sobre la cómoda, le estaba molestando. La nieve se había derretido; hacía un tiempo benigno, gris y suave, y una brisa fresca que revigorizaba. Se fue al mediodía, pues el recorrido era largo; había que atravesar París, y le costaba arrastrar la pierna mala. Además, en las calles había mucha gente. De todos modos, la gente la distraía, y llegó sin darse cuenta. Cuando dio su nombre, le contaron una buena: parecía ser que habían sacado a Coupeau del agua en el Pont-Neuf; se había tirado por encima del parapeto, creyendo ver a un hombre barbudo que le cerraba el paso. ¡Bonito salto!, ¿verdad? Y en cuanto a cómo había llegado Coupeau al Pont-Neuf, era algo que no lo sabía ni él mismo.

Un enfermero la llevó a verle. Subía por una escalera cuando oyó unos gritos que le helaron la sangre[2].

—¡Vaya música que se trae! —dijo el enfermero.

—¿Quién? —preguntó ella.

—¡Su marido! Desde anteayer que está gritando así. Y baila, ahora lo verá.


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