La taberna
La taberna Gervaise no se inmutó. Conocía el camino y ya volvería del asilo por su cuenta; lo habían curado tantas veces que tendrían el mal gusto de ponerle otra vez como nuevo. ¿No se había enterado aquella misma mañana de que habían visto durante ocho días a Coupeau borracho como una cuba rodando con Mes-Bottes por las tabernas de Belle-Ville? Seguro que era Mes-Bottes el que pagaba; habría echado el guante al monedero de su parienta, a ahorros ganados de la manera que ustedes saben. ¡Ay, el dinero que se bebían podía contagiarles toda clase de enfermedades! ¡Se tenía bien merecido Coupeau que le diera un cólico! ¡Y lo que sacaba más de sus casillas a Gervaise era que a ese par de egoístas ni siquiera se les había ocurrido invitarla a una copita! ¡Habráse visto! ¡Una juerga de ocho días, y no tener ni un detalle con las señoras! ¡Quien beba solo que reviente solo!