La taberna

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XIII

COUPEAU estuvo toda aquella noche bebiendo. Al día siguiente, Gervaise recibió diez francos de su hijo Étienne, que era maquinista de un tren[1]; el pequeño le mandaba de vez en cuando monedas de cinco francos, sabiendo que en casa no había dinero. Se preparó un puchero y se lo comió sola, porque el muy penco de Coupeau no había vuelto todavía. El lunes no apareció, ni el martes tampoco. Pasó así una semana. ¡Ay, qué suerte si hubiera cargado con él alguna mujer! Pero, cuando llegó el domingo, Gervaise recibió un papel impreso que en un principio le dio miedo, pues parecía una carta de la policía. Luego se tranquilizó, ya que solamente se trataba de hacerle saber que el muy cerdo la estaba diñando en Sainte-Anne. El papel decía esto más finamente, pero venía a ser lo mismo. Sí, era una mujer la que había cargado con Coupeau, y esa mujer se llamaba La Parca, la última buena amiga de los borrachos.







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