Nana
Nana —Bárbaramente, señora —respondió avanzando hacia ella con su exquisita cortesÃa.
Luego, como no le retenÃan, se alejó y le dijo al oÃdo al periodista:
—Voy a reclutar a otros. Esos jovencitos deben conocer a algunas muchachas.
Entonces se le vio, amable y sonriente, abordar a los hombres y hablar con ellos en los cuatro rincones del salón. Se mezclaba en los grupos, deslizaba una frase al oÃdo de cada uno, y ellos se volvÃan con un guiño picaresco y gestos muy significativos. Era como si distribuyese un santo y seña con la mayor naturalidad. La frase circulaba y se aceptaba la cita, mientras las disertaciones sentimentales de las señoras sobre la música atenuaban el rumor febril de aquel reclutamiento.
—No, no hable usted de sus alemanes —repetÃa la señora Chantereau—. El canto es la alegrÃa, la luz… ¿Ha oÃdo a la Patti en el Barbero?
—¡Deliciosa! —murmuró Léonide, que sólo interpretaba al piano canciones de opereta.
Entre tanto, la condesa Sabine habÃa llamado. Cuando los visitantes eran poco numerosos, el martes se servÃa el té en el mismo salón. Mientras hacÃa desocupar un velador por un criado, la condesa seguÃa con la vista al conde de Vandeuvres. Aún conservaba aquella vaga sonrisa que mostraba un poco la blancura de sus dientes. Y cuando el conde pasó por su lado, le preguntó: