Nana
Nana —¡Vaya unos latosos! —murmuró ella—. Si vuelven amenázalos con ir a la comisarÃa.
Luego llamó a Daguenet y Georges, que se habÃan quedado en la antesala, donde colgaron sus abrigos. Los dos se habÃan encontrado a la salida de los artistas, en el pasaje de los Panoramas, y ella los metió en un coche. Como aún no habÃa llegado nadie, les gritó que entrasen en el tocador, mientras Zoé la arreglaba. Sin cambiarse de vestido, se hizo retocar el peinado y se puso unas cuantas rosas blancas en el moño y en el corpiño. El tocador estaba abarrotado de los muebles que tuvieron que sacar del salón y amontonarlos: veladores, sofás y sillones con las patas al aire, y ella ya estaba lista cuando la falda se le enganchó en una ruedecilla y se rasgó. Entonces soltó unos furiosos juramentos, pues aquello sólo le sucedÃa a ella. Rabiosa, se despojó de su vestido, un vestido de seda blanca, muy sencillo, tan suave y tan fino que parecÃa un camisón. Pero en seguida volvió a ponérselo, al no encontrar otro vestido de su gusto, casi llorando y diciendo que vestÃa como una trapera. Daguenet y Georges tuvieron que prender el desgarrón con alfileres mientras Zoé volvÃa a peinarla. Los tres se apresuraban en torno suyo, el pequeño sobre todo, de rodillas en el suelo y las manos entre sus faldas.