Nana

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Nana consiguió calmarse cuando Daguenet le aseguró que sólo debían ser las doce y cuarto, pues el tercer acto de La Venus Rubia, lo había despachado a galope, comiéndose las réplicas y saltándose los cuplés.

—Aún es demasiado bueno para ese hatajo de imbéciles —dijo Nana—. ¿Habéis visto qué cabezas las de esta noche? Querida Zoé, espera aquí. No te acuestes, por si te necesito. Vaya, ya empieza el jaleo. Aquí llega gente.

Se escapó. Georges quedó de rodillas, con los faldones del frac barriendo el suelo. Se sonrojó al ver que Daguenet le miraba. Pero los dos se tenían afecto. Rehicieron el nudo de su corbata delante de la cornucopia, y el uno cepilló al otro, pues estaban blancos de tanto rozarse con Nana.

—Parece azúcar —murmuró Georges, con su risa de niño goloso.

Un lacayo de librea, alquilado para la noche, introducía a los invitados en el saloncito, una reducida pieza en la que sólo dejaron cuatro sillones para que cupiese más gente. Del salón vecino llegaba un ruido de vajilla y cubiertos y por debajo de la puerta pasaba una viva raya de luz. Nana, al entrar, ya encontró instalada en un sillón a Clarisse Besnus, a quien había llevado Héctor de la Faloise.

—¿Cómo? ¿Eres la primera? —dijo Nana, que la trataba familiarmente desde su éxito.


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