Nana
Nana —Ha sido éste —repuso Clarisse—. Siempre tiene miedo de llegar tarde. Si le hubiese hecho caso, no me habrÃa podido quitar el colorete ni la peluca.
El joven, que veÃa a Nana por primera vez, se inclinó y la saludó, hablando de su primo y disimulando su turbación con una exagerada cortesÃa. Pero Nana, sin escucharle ni conocerle, le estrechó la mano, y en seguida acudió hacia Rose Mignon. De repente se volvió muy distinguida.
—¡Ah, querida señora, qué amable! Deseaba tanto verla en mi casa.
—También estoy encantada, se lo aseguro —dijo Rose con su mayor amabilidad.
—Siéntese…, ¿no necesita nada?
—No, gracias. Vaya, me he olvidado el abanico en mi abrigo. Steiner, mire en el bolsillo derecho.
Steiner y Mignon habÃan entrado detrás de Rose. El banquero salió y volvió con el abanico, mientras que Mignon abrazaba cariñosamente a Nana, obligando a Rose a que hiciese lo mismo. ¿Acaso no eran todos de la misma familia del teatro? Después le guiñó los ojos a Steiner, para animarle, pero éste, turbado por la intencionada mirada de Rose, se contentó con besar la mano de Nana.