Nana

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En aquel momento el conde de Vandeuvres apareció con Blanche de Sivry. Hubo grandes reverencias. Nana, muy ceremoniosa, llevó a Blanche a un sillón. Mientras, Vandeuvres contaba, riendo, que Fauchery discutía abajo con el portero porque había negado la entrada del coche de Lucy Stewart. En la antesala ya se oía a Lucy, que trataba al portero de grosero, pero cuando el lacayo abrió la puerta, se adelantó con su risueña gracia, se nombró ella misma y cogió las dos manos de Nana diciéndole que ella la había encontrado muy simpática desde el primer momento y que tenía mucho talento. Nana, envanecida con su nuevo papel de ama de casa, daba las gracias verdaderamente confundida. No obstante, parecía preocupada desde la llegada de Fauchery. Cuando pudo acercársele, le preguntó en voz baja:

—¿Vendrá?

—No, no ha querido —respondió secamente el periodista, cogido de sorpresa, aunque ya había preparado una historia para explicarle la negativa del conde Muffat.

En seguida comprendió su necedad al ver la palidez de Nana, y trató de corregir su frase:

—No ha podido; esta noche lleva a la condesa al baile del Ministerio del Interior.

—Está bien —murmuró Nana, que dudaba de la buena voluntad del periodista—. ¡Ya me pagarás esto!


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