Nana
Nana —¡Ah, no! —replicó él, molesto por la amenaza—. No me gustan estos encargos. DirÃgete a Labordette.
Se dieron la espalda, enfadados. Precisamente Mignon empujaba a Steiner contra Nana. Cuando ésta quedó sola, le dijo en voz baja y con un cinismo de buen compadre que desea complacer a un amigo:
—Se muere por usted… Sólo que tiene miedo de mi mujer. ¿No es cierto que lo defenderá?
Nana aparentó no comprender. SonreÃa mirando a Rose, a su marido y al banquero; después le dijo a éste:
—Señor Steiner, usted se sentará a mi lado.
Pero llegaron unas risas de la antesala, cuchicheos, y una oleada de voces alegres y chillonas, como si hubiese allà las colegialas escapadas de un convento. Y apareció Labordette, arrastrando consigo a cinco mujeres, su pensionado, según la frase maliciosa de Lucy Stewart. VenÃa Gagá, majestuosa con su vestido de terciopelo azul que la ceñÃa; Caroline Héquet, siempre en tisú negro adornado de encajes; luego Lea de Horn, mal vestida como siempre; la gorda Tatán Néné, una rubia bonachona con pechos de nodriza, siempre tema de bromas, y por fin la pequeña MarÃa Blond, una quinceañera que parecÃa un junco y tenÃa cara de picaruela, que hacÃa su debut en el Folies.