Nana
Nana Labordette las había traído a todas en un mismo carruaje, y ellas aún se reían por haber viajado tan apretadas, María Blond sobre las rodillas de las otras. Pero se callaron, cambiando apretones de manos y saludos, todas con mucha compostura. Gagá se hacía la niña, ceceando por exceso de buen tono. Sólo Tatán Néné, a quien dijeron durante el camino que seis negros completamente desnudos servirían la cena en casa de Nana, se inquietaba y quería verlos. Labordette la trató de ingenua y le pidió que se callase.
—¿Y Bordenave? —preguntó Fauchery.
—¡Oh, imagínese si estaré desolada! —exclamó Nana—. No podrá ser de los nuestros.
—Sí —añadió Rose Mignon— metió el pie en una trampa y tiene una torcedura abominable. ¡Si lo oyera jurar con la pierna atada y estirada sobre una silla!
Entonces todo el mundo se puso a compadecer a Bordenave. Sin Bordenave no se concebía una buena cena, pero procurarían pasarse sin él, y ya se hablaba de otra cosa cuando se oyó una voz muy fuerte.
—¿Qué es esto? ¿Ya quieren enterrarme?