Nana
Nana Oyóse una exclamación general y todos volvieron la cabeza. Era Bordenave, enorme y muy rojo, rígida una pierna, de pie en el umbral, apoyándose en el hombro de Simonne Cabiroche. De momento se acostaba con Simonne. Esta jovencita, que había recibido una esmerada educación, que tocaba el piano y hablaba inglés, era una rubia menuda, tan delicada, que parecía desmoronarse bajo el basto peso de Bordenave; sin embargo, sonreía sumisa. Estuvieron así algunos segundos, notando que hacían un buen cuadro.
—Debo de quererlos mucho —continuó él—. Confieso que he tenido miedo de aburrirme, y me he dicho: «Anda, ve allá». —Se interrumpió para soltar un reniego—: ¡Rayos!
Simonne había dado un paso demasiado rápido, lastimándole el pie. Bordenave la empujó, y ella, sin dejar su sonrisa, bajó su bonito rostro como un animal que teme ser apaleado, y lo sostenía con todas sus fuerzas de rubita carnosa. Por lo demás, en medio de las exclamaciones, todos se apresuraron. Nana y Rose Mignon arrastraron un sillón, en el que se derrumbó Bordenave, mientras las otras mujeres le ponían otro sillón bajo la pierna. Y todas las actrices que estaban allí le abrazaron y le besaron. Él gruñía y suspiraba.
—¡Rayos y rayos! En fin, el estómago está sólido; ya lo veréis.