Nana

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Habían llegado otros convidados. No se podía dar un paso. Los ruidos de la cocina eran menores ahora, y se oía una discusión en el salón, donde gruñía el maestresala. Nana se impacientaba, no esperaba más invitados y se asombraba de que no sirvieran. Había enviado a Georges a preguntar qué sucedía, y se quedó más sorprendida al ver entrar más gente, hombres y mujeres, sin conocer a ninguno. Entonces, un poco molesta, interrogó a Bordenave, Mignon y a Labordette. Ellos tampoco los conocían. Cuando se dirigía al conde de Vandeuvres, éste se acordó y dijo que eran los jóvenes que había reclutado en casa del conde Muffat. Nana le dio las gracias. «Muy bien, muy bien…» Sólo que iban a estar muy apretados, y rogó a Labordette que fuera a encargar otros siete cubiertos. Apenas había salido cuando el criado introdujo a otras tres personas. No, esto ya era demasiado; no cabrían todos, seguro que no. Nana, que empezaba a enfadarse, decía con mucho empaque que aquello era excesivo. Pero al ver que aún llegaban otros dos, se echó a reír y lo encontró muy divertido. ¡Tanto peor! Se acomodarían como pudiesen. Todos estaban de pie, a excepción de Gagá y Rose Mignon, que ocupaban los dos sillones que no acaparaba Bordenave. Las voces zumbaban, se hablaba bajo, conteniendo ligeros bostezos.

—Dime, hija mía —preguntó Bordenave—, ¿y si nos sentásemos a la mesa ahora mismo? Estamos ya todos, ¿verdad?


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