Nana
Nana —Sí, sí, estamos ya todos —respondió ella riendo.
Paseó sus miradas y se puso seria, como asombrada por no encontrar allí a alguien. Sin duda faltaba un convidado del que no se hablaba. Era preciso esperar. Unos minutos más tarde, los invitados vieron entre ellos a un gran señor, de noble semblante y hermosa barba blanca. Y lo más sorprendente de todo fue que nadie lo vio entraño debió deslizarse en el saloncito por una puerta del dormitorio, todavía entreabierta. Reinó el silencio, circularon rumores… El conde de Vandeuvres sabía con seguridad quien era el señor, porque cambiaron un discreto apretón de manos, pero sólo respondió con una sonrisa a las preguntas de las señoras Caroline Héquet, a media voz, aseguraba que era un lord inglés que al día siguiente volvía a Londres para casarse; ella lo conocía muy bien, lo había disfrutado. Y esta historia corrió de boca en boca entre las mujeres, aunque María Blond pretendía reconocer en él a un embajador alemán que se acostaba frecuentemente con una de sus amigas. Entre los hombres se le juzgaba con frases breves. Un hombre que parecía serio. Tal vez era él quién pagaba la cena. Muy posible. Olía a pagano.
Bah, con tal que la cena fuese buena… En fin, se quedaron en la duda, y ya se olvidaban del anciano de la barba blanca cuando el maestresala abrió la puerta del salón.