Nana
Nana —La señora está servida.
Nana había aceptado el brazo de Steiner, sin advertir, al parecer, un movimiento del anciano, que siguió detrás de ella completamente solo. Por otro lado, no podía organizarse el desfile. Hombres y mujeres entraron a la desbandada, bromeando con una bondad burguesa sobre la falta de ceremonia. Una gran mesa cruzaba el salón de un extremo a otro, y aún resultaba pequeña, porque los cubiertos se tocaban. Cuatro candelabros de diez velas iluminaban el servicio, sobre todo un chapeado, con dos guirnaldas de flores a derecha e izquierda. Un lujo de restaurante, porcelana de filetes dorados, sin numerar, cubiertos usados y desgastados por los años, copas dispares cuyo juego podía completarse en cualquier bazar. Aquello olía a estreno demasiado prematuro, en medio de una fortuna rápida y cuando nadie estaba en su sitio. Faltaban lámparas; los candelabros, cuyas bujías estaban demasiado altas y con poca mecha, daban una luz pálida y amarillenta por encima de las compoteras, de los platos apilados y de las fuentes, donde las frutas, las yemas y los pasteles se alternaban simétricamente.
—Ya lo saben —dijo Nana—, que cada uno se siente donde pueda. Es más divertido.