Nana
Nana Ella permanecía en pie delante de la mesa. El anciano señor que nadie conocía se situó a su derecha mientras ella retenía a Steiner a su izquierda. Los convidados ya se sentaban cuando se oyeron groseras invectivas en el saloncito. Era Bordenave, de quien se habían olvidado y que pasaba sus apuros para levantarse de los dos sillones, aullando y llamando a la holgazana de Simonne, escapada con las demás. Las mujeres corrieron hacia él, compadecidas. Bordenave apareció, sostenido y llevado por Caroline, Clarisse, Tatán Néné y María Blond. Y fue un problema instalarle.
—En medio de la mesa, frente a Nana —gritaron—, Bordenave en el centro. ¡Que nos presida!
Entonces aquellas señoras lo sentaron en el centro. Pero hizo falta una segunda silla para su pierna. Dos mujeres le levantaron la pierna y la estiraron delicadamente. Aquello no era nada, comería de lado.
—¡Diablos! —gruñía—. Parece que estoy en un tiesto. Ah, gatitas mías, papá se encomienda a vuestros cuidados.