Nana
Nana Se protestaba y se enfadaban. La puerta acababa de abrirse y tres retrasados, una mujer y dos hombres, penetraron. ¡Ah, no! ¡Aquello ya era demasiado! Nana, sin embargo, abrió los párpados, sin moverse de su silla, para ver si los conocÃa. La mujer era Louise Violaine, pero nunca habÃa visto a los hombres.
—Querida —dijo Vandeuvres—, el señor es un oficial de marina amigo mÃo, el señor de Foucarmont, a quien he invitado.
Foucarmont saludó muy complacido, añadiendo:
—Y yo me he permitido traer a uno de mis amigos.
—¡Ah, perfecto, perfecto! —exclamó Nana—. Siéntense. A ver, Clarisse, retrocede un poco. Están demasiado anchos por ahÃ. Con buena voluntad…
Aún se estrecharon más; Foucarmont y Louise obtuvieron para ellos una esquina de la mesa, pero el amigo tuvo que quedarse lejos, a distancia de su cubierto, y comÃa alargando los brazos por entre los hombros de sus vecinos. Los camareros retiraron los platos de la sopa y circularon salchichas aplastadas de gazapo trufado y niokis a la parmesana. Bordenave alborotó a toda la mesa diciendo que estuvo a punto de traer a Prullière, a Fontan y al viejo Bosc.