Nana
Nana —¡Un fracaso, un fracaso! —exclamó el director enrojeciendo—. ¿Es que una mujer necesita saber interpretar y cantar? ¡Ah, muchacho, eres muy tonto! Nana tiene otra cosa. Que sí, que sí. Algo que lo compensa todo. La he olfateado, y es extraordinariamente bella o yo tengo la nariz de un imbécil… Ya verás, ya verás. No hará más que aparecer y todo el teatro sacará la lengua.
Había levantado sus gruesas manos, que temblaban de entusiasmo; y, desahogado, bajaba la voz y gruñía para sí:
—Sí, irá lejos, muy lejos… ¡Vaya piel! ¡Oh, qué piel!