Nana

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Alrededor de la mesa, aquellos caballeros de frac y corbata blanca estaban muy elegantes, y sus rostros pálidos mostraban una distinción que la fatiga aún acentuaba más. El anciano señor tenía gestos lentos, una sonrisa delicada, como si presidiese un congreso de diputados. Vandeuvres parecía encontrarse en casa de la condesa Muffat, con una exquisita cortesía para con sus vecinos. Aquella misma mañana Nana aún le decía a su tía que en cuestión de hombres, no podía tenerlos mejores; todos nobles o todos ricos; en fin, hombres distinguidos. Y en cuanto a las mujeres, se comportaban muy bien. Algunas, Blanche, Léa y Louise habían venido escotadas, y sólo Gagá mostraba un poco de más, sobre todo cuando por su edad hubiese sido mejor enseñar menos. Cuando cada uno se acomodó, las risas y las bromas cesaron. Georges pensaba que había asistido a cenas más divertidas en casa de los burgueses de Orleáns. Apenas se hablaba, los hombres que no se conocían, se miraban, y las mujeres permanecían tranquilas, y esto sobre todo admiraba a Georges.

Los encontraba muy circunspectos, cuando creía que todo el mundo se abrazaría inmediatamente.

Se servía el segundo plato, una carpa del Rin a la Chambord y una guarnición de corzo a la inglesa, cuando Blanche dijo en voz alta:

—Querida Lucy, el domingo encontré a su Ollivier. ¡Cómo ha crecido!


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