Nana
Nana —Claro; ya tiene dieciocho años —respondió Lucy—. Eso no me rejuvenece mucho. Ayer se volvió a su escuela.
Su hijo Ollivier, del que hablaba con orgullo, era alumno de la escuela de marina. Entonces se habló de los niños. Todas las señoras se enternecieron.
Nana se refirió a lo que era su mayor alegrÃa: el pequeño Louis, que estaba en casa de su tÃa, que se lo llevaba todas las mañanas a las once, y ella lo metÃa en su cama, y jugaba con «Lulú», su pequinés. Era morirse de risa ver a los dos meterse por debajo de la colcha hasta los pies. No podÃan imaginarse lo pillÃn que era Louiset.
—Ayer pasé un dÃa… —contó a su vez Rose Mignon—. Figúrense que fui a buscar a Charles y a Henri a su pensionado, y tuve que llevarlos al teatro por la tarde. Saltaban y palmoteaban con sus manitas: «¡Veremos actuar a mamá! ¡Veremos actuar a mamá!». ¡Oh, un alboroto! un verdadero alboroto.
Mignon sonreÃa complacido, sus ojos húmedos de ternura paternal.
—Y durante la representación —prosiguió él— estaban tan graciosos con su seriedad de hombrecitos, comiéndose a Rose con la mirada, preguntándome por qué mamá tenÃa las piernas desnudas…