Nana

Nana

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Todos se echaron a reír. Mignon triunfaba, halagado en su orgullo de padre. Adoraba a sus pequeños, y sólo le inquietaba una cosa: aumentar su fortuna como administrador, con una rigidez de intendente fiel, del dinero que ganaba Rose en el teatro y en otros sitios. Cuando se casó con ella, era jefe de orquesta en el café-concierto donde ella cantaba; entonces se amaban apasionadamente. Ahora eran buenos amigos. Todo se arregló entre ellos: ella trabajaba todo lo que podía, con su talento y su belleza; él abandonó su violín para cuidarse mejor de sus éxitos de artista y de mujer. No se habría encontrado un matrimonio más burgués ni más unido.

—¿Qué edad tiene el primogénito? —preguntó Vandeuvres.

—Henri tiene nueve años. Pero es ya un muchacho.

Luego le gastó bromas a Steiner, que no quería a los niños, y le decía con tranquila audacia que si fuese padre derrocharía menos neciamente su fortuna. Mientras hablaba, espiaba al banquero por encima de los hombros de Blanche, para ver si se entendía con Nana. Pero desde hacía unos minutos Rose y Fauchery, que hablaban muy juntos, le irritaban. Sin duda que Rose no iría a perder su tiempo con semejante necio. En esos casos, siempre se metía de por medio. Y con sus cuidadas manos, con un diamante en el meñique, se llevó un filete de corzo a la boca.


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