Nana
Nana Por otro lado, la conversación sobre los niños continuaba. Héctor de la Faloise, turbado por la vecindad de Gagá, le preguntaba acerca de su hija, a quien había tenido el placer de ver con ella en el Varietés. Lili se portaba bien, pero aún era muy jovencita. Se quedó sorprendido al saber que Lili iba a cumplir diecinueve años. Gagá le pareció más imponente. Y como tratase de averiguar por qué no había llevado a Lili, ella respondió frunciendo el ceño:
—¡Oh, no, no! Nunca. No hace ni tres meses que quiso salir del pensionado… Yo pensaba casarla en seguida, pero ella me quiere tanto, que tuve que traérmela. Y muy a mi pesar.
Sus párpados azulados, de pestañas quemadas, parpadeaban mientras hablaba del acomodamiento de su hija. Si a sus años no había conseguido ahorrar nada, trabajando siempre y teniendo aún a hombres, sobre todo a jovenzuelos de los que podría ser su abuela, era que verdaderamente el matrimonio valía más. Se inclinó sobre Héctor, quien se sonrojó bajo el hombro desnudo y blanqueado con que ella lo aplastaba.
—Sabe usted —murmuró—, si ella pasa por donde no debe, no será culpa mía. Pero se bromea tanto cuando se es joven…