Nana
Nana Un pesado calor se elevaba de los candelabros, de los platos paseados y de toda la mesa, donde treinta y ocho personas se asfixiaban, y los camareros, distraídos, corrían sobre la alfombra y la manchaban de grasa. Sin embargo, la cena no se animaba casi. Aquellas señoras no hacían más que picotear, dejando la mitad de la comida. Sólo Tatán Néné comía de todo, vorazmente. A una hora tan avanzada de la noche, allí no había más que hambres nerviosas y caprichos de estómagos desordenados. Junto a Nana, el anciano señor rechazaba todos los platos que le presentaban; sólo había tomado una cucharada de la sopa, y callado ante su plato, observaba.
Se bostezaba discretamente. De vez en cuando se cerraban algunos párpados y algunos rostros se volvían terrosos; era un aburrimiento, como siempre, según la expresión de Vandeuvres. Aquellas cenas, para ser divertidas, no tenían que desarrollarse con miramientos. De otro modo, si se hacían los virtuosos, con buenos modales, era lo mismo que comer con gentes honestas, siendo imposible aburrirse más. Sin Bordenave, que aullaba incansable, se habrían dormido todos. Aquel animal de Bordenave, con la pierna bien estirada, se dejaba servir con aire de sultán por sus vecinas, Lucy y Rose, las cuales sólo se ocupaban de él, cuidándole, mimándole, vigilando su copa y su plato, lo que no impedía que siguiera quejándose.