Nana
Nana Y aquellas señoras, pálidas, con ojos brillando de codicia, alargaron sus cuellos, citando a los otros reyes y a los otros emperadores que se esperaban. Todas soñaban con algún capricho real, con una noche pagada con una fortuna.
—Decidme, querido —preguntó Caroline Héquet inclinándose hacia Vandeuvres—, ¿qué edad tiene el emperador de Rusia?
—Bah, no tiene edad —respondió el conde riéndose—. Pero no hay nada que hacer, se lo advierto.
Nana fingió sentirse molesta. La palabra parecÃa muy dura y se protestó con un murmullo. Pero Blanche daba detalles acerca del rey de Italia, a quien habÃa visto una vez en Milán; no era muy guapo, lo cual no le impedÃa tener a todas las mujeres, y se enfadó cuando Fauchery aseguró que VÃctor Manuel no vendrÃa a ParÃs. Louise Violaine y Léa se inclinaron por el emperador de Austria. De pronto se oyó a la pequeña MarÃa Blond que decÃa:
—¡Vaya un vejete el tal rey de Prusia! Yo estaba en Baden el año pasado, y se le veÃa siempre con el conde de Bismarck.
—¿Bismarck? —interrumpió Simonne—. Yo lo conocÃ. Un hombre encantador.
—Eso es lo que yo decÃa ayer —exclamó Vandeuvres— y no querÃan creerme.