Nana

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Y lo mismo que en casa de la condesa Sabine, se ocuparon largamente del conde de Bismarck. Vandeuvres repetía las mismas frases. Por un instante, parecía estar de nuevo en el salón de los Muffat; sólo las señoras habían cambiado. Precisamente se pasó al tema de la música. Luego, habiendo dejado escapar Foucarmont una palabra acerca de la toma de hábitos de que hablaba todo París, Nana, interesada, quiso saber detalles sobre la señorita de Fougeray. ¡Oh, pobrecita, enterrarse así en vida! Pero cuando la vocación llama… Alrededor de la mesa todas las señoras estaban muy conmovidas. Y Georges, fastidiado por oír estas cosas por segunda vez, interrogaba a Daguenet sobre las costumbres íntimas de Nana, mientras la conversación recaía fatalmente en el conde de Bismarck. Tatán Néné se inclinó al oído de Labordette para preguntarle quién era aquel Bismarck, que ella no conocía.

Entonces Labordette le contó con mucha delicadeza unas historias monstruosas: aquel Bismarck se comía la carne cruda, cuando se encontraba con una mujer cerca de su madriguera se la llevaba a hombros, y con ese procedimiento tenía ya treinta y dos hijos a los cuarenta años.

—¡A los cuarenta años, treinta y dos hijos! —exclamó Tatán Néné, estupefacta y convencida—. ¡Estará muy fatigado para su edad!


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