Nana

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Y se interrumpió para señalar con un sobrio ademán a Blanche, quien desde el principio de la cena permanecía inclinada en una posición muy incómoda pavoneándose y queriendo enseñar sus hombros al anciano señor, sentado tres sillas más allá.

—También le dejan, querido —replicó ella.

Vandeuvres sonrió finamente, con un gesto de indiferencia. Ciertamente, no sería él quien impidiese a la pobre Blanche conseguir una conquista. El espectáculo que daba Steiner a toda la mesa era más interesante. Se conocía al banquero por sus enamoramientos, pues este terrible judío alemán, este manejador de asuntos en cuyas manos se fundían los millones, era un imbécil cuando tropezaba con una mujer, y las quería todas, no pudiendo aparecer una en el teatro sin que la comprase, por cara que fuese. Se daban cifras. Dos veces le había arruinado su furioso apetito de muchachas. Como decía Vandeuvres, las muchachas vengaban la moral vaciando sus arcas. Una gran operación sobre las Salinas de las Landas le había devuelto su poderío en la Bolsa; los Mignon, desde hacía seis meses, mordían fuertemente en las Salinas. Pero ya se apostaba abiertamente que no serían los Mignon quienes se quedarían con todo el jamón, porque Nana enseñaba sus blancos dientes.


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