Nana

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Esto produjo mucho regocijo. La cena languidecía, nadie comía ya. Se estropeaban en los platos las setas a la italiana y las empanadas de ananás Pompadour. Pero el champaña que se bebía desde el consomé animaba poco a poco a los convidados con una embriaguez nerviosa. Se acabó por guardar menos compostura; las mujeres se acodaron frente a los abandonados cubiertos, los hombres, para respirar, retiraron hacia atrás sus sillas, y los fracs negros se hundieron entre los corpiños claros, y los hombros desnudos adquirieron un matiz de seda.

Hacía demasiado calor, y la claridad de las velas, que aún amarilleaban, se espesaba por encima de la mesa. Por instantes, cuando una nuca dorada se inclinaba bajo una lluvia de rizos, el brillo de un collar de diamantes relucía en lo alto de un moño. Las alegrías lanzaban fuego, los ojos reían, los dientes blancos se entreveían y el reflejo de los candelabros ardía en las copas de champaña. Se bromeaba muy alto, se gesticulaba en medio de preguntas que quedaban sin respuesta, y se hacían llamadas de un extremo a otro del salón. Pero eran los camareros quienes hacían más ruido, creyéndose en los pasillos de su restaurante, empujándose y sirviendo los postres y los helados con exclamaciones chillonas.

—Pequeñas mías —gritó Bordenave—, no sé si sabréis que mañana hay función. ¡Cuidado con el champaña!


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