Nana
Nana —A mà —decÃa Foucarmont—, que he bebido todos los vinos imaginables en las cinco partes del mundo… ¡Oh, lÃquidos extraordinarios, alcoholes para matar a un hombre de golpe…! Pues eso, a mÃ, nada. No puedo embriagarme. Lo he intentado, pero no puedo.
Estaba muy pálido, muy frÃo, recostado contra el respaldo de su silla y sin dejar de beber.
—No importa —murmuró Louise Violaine—. Acaba, que ya tienes bastante… SerÃa bonito que me pasase el resto de la noche cuidándote.
La embriaguez ponÃa en las mejillas de Lucy Stewart las llamas rojas de los tÃsicos, mientras Rose Mignon se ponÃa tierna y se le humedecÃan los ojos. Tatán Néné, aturdida por haber comido tanto, reÃa tontamente en su necedad. Las demás, Blanche, Caroline, Simonne y MarÃa hablaban todas a la vez y se contaban sus cosas: una discusión con su cochero, un proyecto de salida al campo, historietas complicadas de amantes robados y devueltos. A todo esto, un joven, vecino de Georges, quiso besar a Lea de Horn y recibió una bofetada con un: «¡Ea, dejadme tranquila!». Muy indignado, y Georges, muy bebido, muy excitado por la vista de Nana, vaciló ante una idea que maduraba seriamente: la de ponerse de cuatro patas, bajo la mesa, e ir a colocarse a sus pies como si fuese un perrillo. Nadie le habrÃa visto y estarÃa muy a gusto.