Nana
Nana Luego, tras el ruego de Léa a Daguenet para que dijese al joven inoportuno que se estuviese quieto, Georges se puso de repente muy triste, como si le hubiesen reñido a él; aquello era una necedad, un aburrimiento sin nada que valiese la pena.
Daguenet, no obstante, bromeaba y le obligaba a beberse un gran vaso de agua a la vez que le preguntaba qué haría si se encontrase solo con una mujer, cuando tres copas de champaña bastaban para tumbarle.
—Vean —repuso Foucarmont—, en La Habana hacen un aguardiente con una baya salvaje, y parece que se bebe fuego. Pues bien, una tarde bebí más de un litro y no me hizo nada. Más fuerte que eso; otro día, en las costas de Coromandel, los salvajes nos dieron no sé qué mezcla de pimienta y vitriolo; tampoco me hizo efecto. No puedo emborracharme.
Desde hacía un rato el rostro de Héctor de la Faloise, frente a él, le disgustaba. Gruñía y soltaba palabras desagradables. Héctor, cuya cabeza se volvía y movía mucho, se arrimaba a Gagá, pero una inquietud acabó con su agitación: le habían cogido el pañuelo, y lo reclamaba con la cabezonería de la embriaguez, interrogando a sus vecinos, y agachándose para mirar bajo las sillas y a los pies. Y como Gagá tratase de tranquilizarle, murmuró:
—Eso es estúpido; en una esquina tiene mis iniciales y mi corona. Eso podría comprometerme.