Nana
Nana —Dígame, señor Falamoise, Lamafoise, Malafoise —gritó Foucarmont, que hallaba muy divertido desfigurar hasta el infinito el nombre del joven.
Pero Héctor de la Faloise se enfadó. Habló de sus antepasados, balbuceando. Amenazó con arrojar una botella a la cabeza de Foucarmont. El conde de Vandeuvres tuvo que intervenir para asegurar que Foucarmont era un bromista. Todo el mundo se reía. Esto conmovió al aturdido joven, que en seguida quiso volver a sentarse, y comía con una obediencia de chiquillo cuando su primo le ordenaba a gritos que comiese. Gagá volvió a cogerlo para sí; sólo que de vez en cuando él echaba sobre los convidados miradas disimuladas y ansiosas, sin dejar de buscar su pañuelo.
Entonces Foucarmont, que estaba en vena, atacó a Labordette a través de la mesa. Louise Violaine trataba de que callase, pues, según decía ella, cuando se metía con los demás, siempre acababa mal para ella. Foucarmont había encontrado una broma que consistía en llamar a Labordette «señora» y debía divertirle mucho porque lo repetía mientras Labordette, tranquilamente, se encogía de hombros, diciendo cada vez:
—Cállese, querido; no sea necio.
Pero como Foucarmont proseguía y llegaba a los insultos, sin que se supiese por qué, dejó de responderle y se dirigió al conde de Vandeuvres: