Nana
Nana Las luces de gas que resplandecían en la cornisa del teatro dejaban sobre la acera un destello de viva claridad. Dos arbolillos se destacaban claramente con su color verde crudo; una columna publicitaria estaba tan iluminada que se leían desde lejos sus carteles, como en pleno día, y más allá, en la noche oscura del bulevar, titilaba una serie de lucecitas sobre el oleaje de una muchedumbre siempre en marcha. Muchos hombres no entraban inmediatamente, quedándose fuera para conversar mientras acababan su cigarro en la zona alumbrada, cuya luz les daba una palidez azulada y recortaba sobre el asfalto sus pequeñas sombras negras.
Mignon, un mocetón muy alto y ancho de hombros, con una cabeza cuadrada de Hércules de feria, se abría paso por entre los grupos, llevando del brazo al banquero Steiner, pequeñito él, orondo vientre, cara redonda y barba ya canosa en forma de collar.
—Muy bien —dijo Bordenave al banquero—; ayer se la encontró en mi despacho.
—¿Era ella? —exclamó Steiner—. Lo supuse, pero yo salía cuando ella entraba, y casi no la vi.
Mignon escuchaba con la vista baja y dando vueltas nerviosamente a un grueso diamante que llevaba en un dedo. Había comprendido que se trataba de Nana. Luego, como Bordenave hacía un retrato de su debutante que encandilaba los ojos del banquero, acabó por mezclarse en la conversación.