Nana
Nana —Dejad de darle vueltas, querido. El público se encargará de ella debidamente. Steiner, muchacho, ya sabe que mi mujer le espera en su camerino.
Quiso llevárselo, pero Steiner se negaba a abandonar a Bordenave.
Frente a ellos, se apelotonaba una cola en el control y surgía un murmullo de voces en el cual el nombre de Nana se percibía con la vivacidad cantante de sus dos sílabas Los hombres que se situaban ante los carteles lo pronunciaban en voz alta, otros lo lanzaban de paso, en un tono que era una pregunta, y las mujeres, intrigadas y sonrientes, lo repetían suavemente y con gesto de sorpresa. Nadie conocía a Nana. ¿De dónde había salido? Y cuántas anécdotas circulaban, cuántos chistes susurrados de oído en oído. Resultaba una caricia aquel nombre, un nombrecito cuya familiaridad sentaba bien en todos los labios. Con sólo pronunciarlo, la muchedumbre se alegraba y se la veía como interesada. Una viva curiosidad aguijoneaba a todo el mundo, esa curiosidad de París que tiene la violencia de un acceso de furiosa locura. Se quería ver a Nana. A una señora le arrancaron el volante de su vestido y un señor perdió su sombrero.
—¡Oh! me pedís demasiado —exclamó Bordenave a un grupo de hombres que lo abrumaba a preguntas—. Pronto la veréis… Me voy; me necesitan dentro.