Nana

Nana

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Desapareció, satisfecho por haber enardecido a su público. Mignon se encogía de hombros, recordando a Steiner que Rose le esperaba para enseñarle su traje del primer acto.

—Mira, ahí está Lucy, bajando de su coche —dijo de la Faloise a Fauchery.

En efecto, era Lucy Stewart, una mujercita fea, de unos cuarenta años, el cuello demasiado largo, el rostro delgado y estirado, con una boca muy grande, pero tan viva y graciosa que hasta tenía su encanto. Acompañaba a Caroline Héquet y a su madre. Caroline, de una belleza fría, y la madre, muy digna y disecada.

—¿Vienes con nosotras? te hice reservar un sitio —dijo ella a Fauchery.

—No, no. ¿Para qué? ¿Para no ver nada? —respondió él—. Tengo una butaca y prefiero la platea.

Lucy se molestó. ¿Acaso no se atrevía a exhibirse con ella? Luego, calmándose bruscamente, cambió de conversación.

—¿Por qué no me has dicho que conocías a Nana?

—¿Nana? Nunca la he visto.

—¿De veras? Me aseguraron que te habías acostado con ella.


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