Nana
Nana Nana no respondió inmediatamente. Desde que empezó la cena no parecía encontrarse en su casa. Todo el mundo la había ahogado y aturdido, llamando a los camareros, hablando alto, poniéndose a su gusto, como si estuviesen en un restaurante. Ella misma olvidaba su papel de anfitriona y no se ocupaba más que del gordo Steiner, que reventaba de apoplejía a su lado. Le escuchaba y aún negaba con la cabeza y con su risa provocadora de rubia carnosa. El champaña bebido se le veía en las mejillas, en la boca húmeda y en los ojos chispeantes, y el banquero ofrecía más a cada movimiento coquetón de sus hombros y a cada ligera ondulación voluptuosa de su cuello cuando ella miraba a otro lado. Él veía allí, junto al oído, un rinconcito delicado, un raso que le volvía loco.
En algún momento Nana, molesta, se acordaba de sus invitados y trataba de ser amable para demostrarles que sabía recibir. Hacia el final de la cena, estaba muy bebida, y esto la desolaba; el champaña embriagaba en seguida. Entonces la desesperó una idea.