Nana
Nana Era una cochinada lo que querían hacerle aquellas señoras comportándose mal en su casa. ¡Oh, lo veía claro! Lucy había guiñado el ojo para animar a Foucarmont contra Labordette, mientras Rose, Caroline y las otras excitaban a aquellos señores. Ahora todo estribaba en no entenderse, para decir que se permitía todo en las cenas de Nana. ¡Pues iban a ver! Por más embriagada que estuviese, todavía era la más elegante y la más decente.
—Gatita mía —repitió Bordenave—, di que sirvan el café aquí. Lo prefiero, debido a mi pierna.
Pero Nana se había levantado bruscamente, murmurando al oído de Steiner y del anciano señor, quienes se quedaron estupefactos:
—Me está bien empleado. Esto me enseñará a no invitar a gente marrana.
Después señaló con la mano la puerta del comedor, y dijo en voz alta:
—Ya lo saben: si quieren café, allí lo hay.
Dejaron la mesa y se empujaron hacia el comedor sin notar la cólera de Nana. Y en seguida no quedó en el salón más que Bordenave, apoyándose en las paredes, avanzando con precaución, y echando pestes contra aquellas condenadas mujeres que se mofaban de papá ahora que estaban llenas.